Amo porque amo
El amor basta por sí
solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se
identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni
tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque
amo, amo por amar (San Bernardo).
Tomo la siguiente
historia de Alfonso Aguiló, publicada en la revista Hacer familia (1 de junio de 2011).
En enero de 2011,
Donna Rice y sus dos hijos, Jordan y Blake, volvían a casa después de comprar.
En ese momento, la tormenta arreció y pronto la carretera se inundó de tal
forma que no pudieron avanzar. La madre entonces llamó a emergencias y les
recomendaron que permanecieran dentro del coche. Sin embargo, como el agua
crecía rápidamente, decidieron subirse al techo del coche.
Por suerte un
caminero que pasaba por allí cerca, al verlos, consiguió llegar a ellos con una
cuerda. Cuando iba a agarrar a Jordan, éste dijo: “Salve primero a mi hermano”.
Así lo hizo, pero con tal mala suerte que cuando regresó para rescatar a Jordan y a su madre, la corriente los arrastró sin que el camionero pudiera hacer
nada.
Poco después de la
tragedia, el padre comentó: “No puedo ni imaginarme qué pasaría por la cabeza
de mi hijo Jordan para dar su vida y salvar a su hermano, a pesar del miedo que
siempre había sentido por el agua…”. Quizás la única respuesta es que el amor
no necesita razones.
El mandamiento de
Jesús a sus discípulos dice: Amaos los
unos a los otros como yo os he amado. Quizás alguno piense: “Bien, eso de
amar no está mal, claro, hay que ser buenas personas. Pero, ¿amar como tu nos
has amado? Señor, ¿no te estás pasando? Además, ¿es eso posible? ¿Puedo amar
como Dios me ama a mí?”.
Amar como Cristo me
ama, significa que tengo que amar al prójimo incluso hasta dar la vida por él. Pero
esto no es un puro acto de la voluntad. Es más, ¿quién no ha sentido alguna vez
la tentación de mandar al prójimo a cierto sitio? Y si el prójimo me ha hecho
daño, ni te cuento.
Ahora bien, si el
Señor sabía que era un imposible, ¿por qué nos da ese mandamiento? Quizás
porque amar como Cristo, significa que me tengo que trasformar en otro Cristo.
Amar como Dios me ama conlleva que tengo que purificar mi corazón para ser
capaz de ese mismo amor.
La trasformación en
Cristo, ¿a dónde me conduce? En primer lugar a tener los mismos sentimientos de
Cristo, es decir, un amor grande hacia los demás, limitado sí, porque soy
criatura, pero totalmente entregado. Me lleva a ver en el otro, no sólo a una persona
con unos derechos, sino la imagen de Dios por la que Cristo entregó su vida. Esa
trasformación, hace que mi amor no se dirija sólo a aquellos a los que me une
un afecto natural o la amistad, sino que lo trasciende, hasta el punto que
puedo reconocer en cualquier persona a mi hermano. Y así, el amor al prójimo se
convierte en camino para llegar a Dios
Amando al prójimo y preocupándote por él, progresas sin duda en tu camino.
Y ¿hacia dónde avanzas por este camino sino hacia el Señor, tu Dios, hacia
aquel a quien debemos amar con todo el corazón, con toda el alma y con toda la
mente? Aún no hemos llegado hasta el Señor, pero al prójimo lo tenemos ya con
nosotros. Preocúpate, pues, de aquel que tienes a tu lado mientras caminas por
este mundo y llegarás a aquel con quien deseas permanecer eternamente[1].

Comentarios
Publicar un comentario