¿Por qué buscamos a Dios?
Renuncio,
Dios mío, a mi afición desmedida a la paz, al deleite y a la dulzura de la
contemplación, de tu amor y tu presencia. Me entrego a Ti para amar tan solo tu
voluntad y tu Gloria (Thomas Merton)
En cierta ocasión
oí contar a un profesor que, cuando estaba dando un curso en un Seminario de
Angola, vio por la ventana de su habitación que una mujer se acercaba, haciendo
movimientos exagerados con las manos, a la imagen de la Virgen que estaba en el
patio del Seminario. Estuvo un rato hablando y haciendo gestos, hasta que
colocó en el brazo de la imagen una especie de pañuelo y se fue.
Este profesor
explicaba que, asombrado, preguntó a uno de los formadores del Seminario qué
significaba aquello. El formador le explicó que, posiblemente, aquella mujer
habría pedido algo a la Virgen y, como no se lo concedía, había ido a regañarla
y le había colgado un pañuelo para que no se olvidase de lo que le estaba
pidiendo.
Esta historia, que
oí cuando yo estaba en el Seminario, siempre me ha hecho pensar. Quizás más de
un lector se habrá sonreído al leer esta anécdota, pero si lo pensamos un poco,
todos, de una forma o de otra, más que pedir a Dios, parece que le exigimos.
Queremos que nos dé aquello que pedimos y si no nos lo da, nos enfadamos.
Entonces, surge una pregunta, ¿por qué buscamos a Dios?
Nos puede suceder
como aquellos que se alimentaron en la multiplicación de los panes y los peces.
Jesús se lo reprochó, me buscáis… porque
habéis comido de los panes y os habéis saciado (Juan 6, 26). ¿Buscamos a
Dios por lo que nos da o porque es Dios? ¿Qué busco cuando rezo o participo en la
Eucaristía? Encontrarme con el Señor, estar bien, en paz… Claro que sí, pero ¿y
si no encuentro eso? Puede suceder, te habrá pasado en más de una ocasión, que hay
momentos en los que no te apetezca nada rezar, ni ir a misa, ni saber nada de
Dios. Incluso que cuando rezas “no sientes” nada. Hay aridez, sequedad, y una
oscuridad tan grande que te parece que todo es mentira, y un fraude.
Quizás sea ese el
momento de la purificación, de la rectitud de intención. Cuando Dios no me da
aquello que los santos llaman “consuelos”, pequeños regalos que nos ofrece de
vez en cuando, y que son caricias del Señor, es el momento de perseverar,
porque es en esas ocasiones, cuando busco a Dios, no por lo que me da, si no
porque es Dios, y eso debería bastar.
Y, ¿no
consistirá precisamente en esto trabajar
en la obra que Dios quiere? ¿Creer en el que Él ha enviado, incluso si no
hubiera signos visibles?
A menudo me pregunto qué es lo que Dios saca de mí
realmente en esta situación –no fe, no amor- ni siquiera en los sentimientos.
No puede imaginarse lo mal que me sentí el otro día.- Hubo un momento en el que
casi dije que no.- Tomé el Rosario deliberadamente y muy despacio, sin casi
meditar ni pensar –lo dije lenta y calmadamente. El momento pasó –pero la
oscuridad es tan oscura y el dolor tan doloroso.- Sin embargo acepto todo lo
que Él me dé y le doy todo lo que Él tome. Las personas dicen que –al ver mi
gran fe, se sienten más cerca de Dios.- ¿No es esto engañar a la gente? Cada
vez que he querido decir la verdad –‘que no tengo fe’- las palabras simplemente
no me vienen –mi boca permanece cerrada.- Y sin embargo, continúo sonriendo
siempre a Dios y a todos[1].

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