A la luz de la Palabra. Consideraciones sin importancia
Domingo XXX TO Ciclo A: “Amarás al Señor tu Dios… Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22, 37-39)
Cuando el Papa Benedicto XVI publicó su primera encíclica, Deus caritas est, escribió una carta a los lectores de la revista italiana “Familia cristiana” en la que explicaba qué pretendía con esta encíclica.
Aquí decía el Papa que su intención era responder a dos preguntas: ¿se puede, de verdad, amar a Dios?, y ¿podemos, de verdad, amar al prójimo?
Hoy en día nos hemos acostumbrado a identificar el amor con un sentimiento: amo porque lo siento y, cuando no lo siento, no amo; o bien, entendemos el amor como algo utilitario, amo porque me sirve para algo; o identificamos el amor con el “gusto”, “me gusta” fulanito o “me gusta” menganita.
Volvamos a las preguntas que se hacía el Papa. ¿Se puede de verdad amar a Dios? ¿Podemos amar al prójimo? Si amar es sólo un sentimiento, está claro que dependerá de nuestro estado de ánimo. Voy a misa o rezo cuando lo siento, pero si no lo siento no lo hago. Si busco la utilidad entonces mi relación (amor) con Dios y con los demás dependerá del beneficio que obtengo. Y si el amor es un “gusto”, amar sería lo mismo que elegir un helado, “me gusta” el de fresa o “me gusta” el de pistacho, lo pruebo y si no “me gusta”, lo tiro a la basura.
Ahora bien, si el amor es entrega, donación de uno mismo, se puede amar a Dios porque Él me ha amado primero, con un amor gratuito; sin esperar nada a cambio; sin que nosotros, cada uno, hayamos hecho algo para merecer ese amor. Es un amor total y sin condiciones, que le llevó a morir en la cruz, ¿por qué? Nos lo explica San Pablo: “porque me amó hasta entregarse por mi” (Gálatas 2, 20). ¿Quién da más?
La segunda pregunta es más difícil de responder, porque amar a Dios puede ser relativamente fácil. No pide mucho; me olvido de Él cuando conviene; “está lejos”; pero, ¿amar al prójimo? Esto es otra cuestión. Uno podría pensar, “si no estuviera tan próximo” sería más sencillo. Claro, pero es que mi prójimo es mi hermano, mi hermana, mi mujer, mi marido, mis hijos, mis padres, mis suegros, mis vecinos y compañeros de trabajo o de clase…, etc, etc. Todos aquellos con los que convivo y tienen nombres y apellidos concretos; con los que discuto, con los que me peleo, con los que tengo roces… Y a los que tengo que amar, es decir, comprender, ayudar, corregir, perdonar, hablar, escuchar… ¿Por qué? Porque Dios me ha amado, es decir, me comprende, me ayuda, me corrige, me perdona, me habla y me escucha. En definitiva, “nosotros amamos, porque Él nos amó primero… y quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Juan 4, 19-21).
Es un blog muy interesante y formativo. Mil gracias.
ResponderEliminar